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A propósito del Día Internacional de Acción Social por la Salud de las Mujeres, celebrado cada 28 de mayo, especialistas, activistas y estudiantes explican cuál es la situación actual, la importancia de cambiar la perspectiva y lo que queda por hacer 

María Jesús Vallejo

Los movimientos feministas, especialmente de Estados Unidos, en la década de los años 70 del siglo pasado introdujeron en la agenda sociopolítica la conversación en torno a la salud sexual y reproductiva de las mujeres. Muy lentamente, el debate se ha volcado sobre la mayoría de las áreas de la ciencia, incluyendo la salud. Se ha insistido en abordar su estudio con un enfoque de género, lo que significa incluir a científicas y médicas en las investigaciones; hacer los análisis a partir de los cuerpos de las mujeres -no utilizar los de los hombres como la norma- y desarrollar políticas públicas desde una perspectiva interseccional que considere el contexto de cada persona. El fin de esta lucha es garantizar el derecho a la salud de todas las niñas, adolescentes y mujeres sin discriminación por ninguna razón.

Patricia Valenzuela, infectóloga y vicepresidenta de la Sociedad Venezolana de Infectología, asegura que en el país se ha intentado aplicar la perspectiva de género para la creación de políticas públicas pero que en la práctica no se implementa. “Hay muchas científicas que han ayudado con educación continua de médicos y el empoderamiento de otras mujeres, pero son pocas las que han estado en la toma de decisiones con respecto a la salud. Es una realidad que la participación podría ser mucho más tomada en cuenta, porque hay mujeres valiosas”. 

La poca participación femenina en las ciencias es un fenómeno global. Según datos de la Unesco, solo 30% de investigadores del mundo son mujeres. Magdymar León, psicóloga, feminista y coordinadora de la Asociación Venezolana para una Educación Sexual Alternativa (Avesa), explica que el modelo biomédico es patriarcal, o sea, que las concepciones dentro de la salud están hechas a partir de las experiencias de los hombres. 

Recuerda que la participación de las mujeres en el área de la salud comenzó con la enfermería, que era vista como un oficio inferior al de los médicos y más relacionado con los trabajos de cuidados, asociados culturalmente a lo femenino. La exclusión de las vivencias de las mujeres, de acuerdo con la especialista, ha generado desconocimiento sobre procesos como el embarazo, el parto, la menstruación o la menopausia.

Aunque Carme Valls-Llobet, médica, en su libro Mujeres, salud y poder, afirma que, si bien el primer modelo de la medicina plantea que las enfermedades son iguales en hombres y en mujeres, el parto y el embarazo han sido considerados como lo único diferente y, por tanto, estudiados. Pero, por ejemplo, la menopausia sacudió la ciencia médica apenas en la última década del siglo XX.

Invisibilización es igual a inexistencia

Invisibilizar a las mujeres durante los estudios relacionados a la salud tiene un impacto sobre el desarrollo de la vida. Mariana Fernández, estudiante de Biología de la Universidad de Los Andes (ULA) y parte de la Red Mérida Feminista, detalla: “Sumar un enfoque de género a los diagnósticos y descripción de las enfermedades, permitiría ampliar la interpretación de la sintomatología en función del género. Esto a su vez, permitiría una diagnosis mucho más exacta, la detección temprana de enfermedades o patologías asociada al sexo, una comprensión mayor de las enfermedades, una medicación temprana o específica y evitar efectos secundarios en medicamentos. Esto se debe, a que la descripción de muchas enfermedades, los modelos han sido hombres, en su mayoría blancos, y su estudio se enfoca en ellos; pero biológicamente los cuerpos son diversos, y entre mujeres y hombres a veces se aprecia sintomatología diferente ante la misma enfermedad. Si nos enfocamos solo en modelos masculinos, quizá ignoremos otras señales que nos permiten hacer una diagnosis más efectiva o la elaboración de medicamentos más específicos”.

Sobre esto, América Villegas, docente, investigadora y activista por los derechos sexuales y/o reproductivos, resalta que 1 de cada 10 mujeres sufre de endometriosis, una enfermedad que genera menstruaciones dolorosas e irregulares, pero de la cual se sabe poco o nada: el diagnóstico puede tardar hasta 10 años. E Incluso, insiste en que el parto y el nacimiento se teorizan desde la visión de los varones, lo que ha generado que se desestime el proceso natural de dar a luz y las consecuencias mortales del sistema médico tal como se conoce hoy en día.

En marzo de este año, el Centro de Salud Humanitaria de Johns Hopkins preparó un perfil de la salud en Venezuela para la organización Simón Bolívar en el que se revelaron datos que alertan sobre el acceso al derecho y la deficiencia del sistema sanitario público.

La tasa de mortalidad materna en el país, para el año 2000, era de 119 muertes por cada 1.000 nacimientos; mientras que, en 2017, la cifra aumentó a 125 muertes. En el informe se explica que este incremento de 5% de muertes maternas, en 18 años, es lo opuesto a la tendencia mundial, que vivió una reducción de 38% en igual período. El dato habla de un sistema profundamente fracturado y que no ofrece atención adecuada de acuerdo con las particularidades de cada persona.

La falta de una perspectiva de género y, en términos prácticos, de mujeres en los lugares de toma de decisiones mantiene a la salud estancada en un modelo que responde únicamente a las necesidades de un grupo de la población. Sobre esto, Patricia Valenzuela asevera que tendría un impacto significativo el hecho de que mujeres tengan lugar durante la creación e implementación de programas.

“Si las niñas y adolescentes ven que mujeres de su entorno participan y están involucradas en toma de decisiones, eso llama la atención y seguramente genera esa idea de tener iniciativa, estimula e inspira a estudiar, a crear, a hacer algo para mejorar o seguir aportando”, dice y enfatiza que es muy relevante tener referentes y, además, saber que hay otro modo de relacionarse con los hombres más allá de la sumisión, invisibilización o violencia.

Interseccionalidad: la persona y su contexto

El enfoque de género, en el área de la salud, plantea tener una mirada integral de la persona que necesita atención. Esto significa entender que el bienestar de una niña, adolescente o mujer se ve afectado por factores económicos, sociales y culturales.

América Villegas ejemplifica que, en medio de una Emergencia Humanitaria Compleja, especialistas de la salud deberían considerar las dinámicas de las mujeres, sobre todo, en situación de pobreza: “Es fundamental entender el rol de cuidadora, o a la mamá que come de último o come menos porque prioriza a los hijos. Esa visión diferenciada me permite entender la alimentación, el acceso al agua, las fallas eléctricas. Todos esos factores impactan además en su salud mental. Una atención diferenciada debería entender eso”.

La perspectiva interseccional propone tomar en cuenta poblaciones en mayor situación de vulnerabilidad: indígenas, campesinas, obreras, adultas mayores, mujeres trans, lesbianas, mujeres racializadas, quienes viven hacia el interior del país y mujeres con discapacidad. 

Magdymar León explica que, por ejemplo, a las mujeres indígenas que buscan atención médica se les impone un modelo médico con el que ellas no están de acuerdo, además desde un lugar de completa falta de empatía, y esto es violento. “No hay prestación de los servicios de salud adaptada a las características y a las necesidades de las mujeres”, dice.

Con esto coincide Marcela Cuadrado, médica de familia y presidenta regional sur del Colegio Médico del Uruguay, quien indica que en poblaciones más rurales o con más pobreza, las mujeres son las más perjudicadas, las que están a cargo de las casas, las que tiene embarazos -muchas veces no deseados-, en ocasiones, víctimas de violencia

“Deberíamos tener una mirada general de enfoque de género y políticas sociales que puedan apoyar este enfoque”, dice. Manifiesta que es vital comprender, además, los tiempos y las dinámicas de hombres y mujeres que, por cultura, son diferentes: el trabajo doméstico y las labores de cuidado son asumidas por las madres y abuelas.  La especialista plantea que, en vista de que esas tareas no serán compartidas siempre, por lo menos deberían ser amparadas y tomadas en cuenta para el diseño, desarrollo y la ejecución de políticas públicas: “Eso podría favorecer que las mujeres se dediquen más a la ciencia”.

Ángel Pérez, hombre trans y trabajador en el área de la salud, habla con seguridad acerca de cómo el sexismo se manifiesta en los centros de atención médica. «Ejemplifico con algo que uno ve día a día: métodos anticonceptivos. Cada vez que se le receta uno a una mujer, se crea una alteración hormonal. Entonces, ¿por qué hay que incentivar a la mujer a que se cuide y no al hombre? Hay métodos para hombres pero no son enfatizados por el machismo, porque el hombre es el macho. A la mujer y a la adolescente si hay que bombardearla de hormonas, pero el hombre, no», dice.

Venezuela vs Latinoamérica

Para garantizar por completo el acceso a la salud para niñas, adolescentes y mujeres hace falta un cambio estructural, que va desde la creación de políticas públicas con enfoque de género, pasa por la participación de científicas y médicas en las investigaciones, hasta la educación sobre salud desde las infancias.

Aunque algunos países de la región han avanzado, el panorama no es muy diferente. La salud, como casi todas las ciencias, sigue siendo un espacio pensado desde lo masculino. Laura Contreras-Aristizábal, investigadora, historiadora y antropóloga colombiana, cree que el reto, sobre todo de los movimientos feministas, es sensibilizar acerca de la importancia de tener perspectiva de género.

Insiste en que para que surjan los cambios estructurales debe modificarse la relación de las mujeres usuarias de la salud con los proveedores de servicio. “La salud se establece desde una relación de poder y mientras esto no cambie, no se podrá integrar la perspectiva de género. Dejar de ser pacientes y ser participantes activas de la salud”, dice.

En Colombia, de acuerdo con Contreras-Aristizábal, el servicio de salud depende de entidades privadas y esto limita el acceso no solo mujeres. La salud es muy costosa y las más afectadas son las que viven en situación de pobreza. Asegura que activistas buscan alternativas, pero es difícil garantizar la atención de todas las personas. Aún así, la investigadora celebra algunos avances, como la despenalización del aborto hasta la semana 24 de gestación, aprobada en febrero de este año. “Es un logro importante con respecto a la salud de niñas y mujeres”, manifiesta.

Desde el sur del continente, Marcela Cuadrado cuenta que, en Uruguay, la ciencia y la medicina siguen siendo entornos muy machistas y son los hombres los que están en las direcciones y quienes toman las decisiones. También pasa que en las facultades hay cada vez más mujeres pero los concejos universitarios siguen a cargo de varones.

“En Uruguay que es bastante desarrollado sí vemos esto, lo vivimos, pero siento que (el machismo) es más marcado en países andinos”, dice. Detalla que colectivos de médicos han reflexionado con respecto a la importancia de esta perspectiva y ha habido cambios: casi todos los sindicatos tienen una condición de género e intentan que el grupo a cargo esté integrado paritariamente.

Sin embargo, en ámbitos como los servicios quirúrgicos, compañeras han manifestado problemas con las licencias de maternidad, los permisos de lactancia y con salarios desiguales. Aunque sigue existiendo una brecha de género en el área, Cuadrado destaca lo positivo de que esos temas estén en el centro de la conversación. 

La especialista sueña con un mundo mejor para las médicas: “Me gustaría que pronto pudiéramos trabajar en un mundo en el que haya igualdad y las mujeres seamos escuchadas y se respeten nuestros tiempos y que se entienda que la maternidad ocupa tiempo, aunque lo hacemos con gusto, y que eso no nos perjudique en ningún ámbito laboral. Me gustaría que nuestros cuerpos y opiniones puedan valer”. 

¿Hacia dónde camina Venezuela?

Luisa Rodríguez Táriba, presidenta de Funcamama y defensora del derecho a la salud y la vida de las mujeres, forma parte de una alianza creada para exigir el acceso a la salud de niñas, adolescentes y mujeres llamada Salud Para Todas, una coalición que está trabajando en varias direcciones. 

En marzo de 2021, construyeron unas Pautas de acceso y atención integral a la salud de las mujeres en el contexto COVID-19 en Venezuela que presentaron ante la Asamblea Nacional, a mujeres políticas venezolanas, a profesionales de la salud y en actividades de sensibilización para el público general. También diseñaron un diplomado básico de formación de género, derechos humanos e interseccionalidad dirigido a profesionales de la enfermería en alianza con la Universidad Territorial de Mérida “Kléber Ramírez”. 

Rodríguez Táriba detalla que en septiembre de ese año recibieron la propuesta de una renovación de la Ley Orgánica de Salud y las organizaciones parte de la alianza construyeron sus propuestas legales para incluir la perspectiva de género en la normativa. 

Cree que, además, el movimiento feminista en Venezuela está logrando que se hable de la salud de las mujeres más allá de la reproducción. “Esto hay que hablarlo cotidianamente y ojalá pudiéramos hacer incidencia en redes sociales para que se normalice hablar de estos temas. Hay mucha desinformación y hay que hablar sin tabúes”.

Ángel Pérez, apunta que las mujeres científicas están haciendo grandes avances, hay muchas más mujeres estudiando mucha carreras que antes solo eran permitidas o incentivadas para los hombres. Aunque admite que todavía hay que mejorar la desigualdad en el campo laboral. «Las mujeres están luchando contra un sistema que las ha excluido históricamente», suma.

No solo desde los movimientos feministas y los colectivos activistas se busca un cambio de paradigma. A Valentina Torrealba, estudiante de medicina de la ULA y también parte de Red Mérida Feminista, le preocupa que falte enfoque de género en la salud, a pesar de que quienes se dedican a ella tiene herramientas para aplicarlo, sea por falta de voluntad o de recursos en el ámbito público.

Omitir que existen poblaciones de mujeres, desconocer esas vulnerabilidades, es tener como consecuencias que no logren integrarse en la dinámica social de sus comunidades porque no tienen acceso a la información y a la atención. No hay calidad de vida si no tienen acceso a eso”, dice. 

Aunque el panorama es desalentador, ella se muestra optimista: “Hay una gran voluntad de las mujeres para ser parte de la salud y de las ciencias, es importante. Sin embargo, en Venezuela no hay recursos para desarrollarse como científica, hay que incentivar a las mujeres para que sean parte de la comunidad científica, en áreas como química, física, medicina. Hay que conocer a las que estuvieron antes de nosotras de forma pública, casi que hay que alardear de ella. Y debemos ir abriendo el camino a otras, a las que vienen”.