Compartir

Entre el hambre, la sed y el cansancio, Melanie no comprende lo que sucede. Es una bebé de un año y, aunque todavía no camina, debe recorrer cientos de kilómetros junto a sus padres en busca del futuro soñado que su terruño no les dio.

La pequeña vivía en la ciudad de San Carlos, estado Cojedes, en Venezuela. Allá sufría junto a su familia los desmanes de la crisis. No sabía de fórmulas alimenticias, pañales ni medicinas.

Su padre, Gustavo Bocaney, salía todos los días a trabajar “en lo fuera”, solo para llevar un poco de comida a casa. Sin embargo, no le alcanzaba para paliar las necesidades del hogar.

Esta situación los presionó hasta el punto de decidir irse del país. Tomaron el poco dinero que tenían y viajaron hasta San Antonio del Táchira para cruzar la frontera hacia Cúcuta, Colombia.

Para Melanie no sería cualquier viaje y a su corta edad los riesgos de la travesía se multiplicaban. Sus padres comprendían muy bien lo que eso representaba, pero para ellos no había otra opción.

Al llegar a Cúcuta los esperaba la parte más difícil. Gustavo disponía de 250 mil pesos para tomar un autobús que los acercara lo más posible a Bogotá, pero al no tener cédula no pudo cruzar por el puente internacional Simón Bolívar y debió dar todo el dinero para pasar ilegalmente a través de una trocha.

Se quedaron sin nada, pero ya estaban a mitad del camino. No se devolverían, así que no les quedó de otra que caminar.

Melanie no se veía cómoda, pero a ratos soltaba sonrisas que reflejaban la inocencia y el desconocimiento de lo que sucedía. Entre los brazos de sus padres y el lomo de una maleta le esperaban semanas de caminata. Eran más de 600 kilómetros los que debía recorrer para llegar a Bogotá.

Melanie… sin comida y sin dinero

No llevaban ni un peso en el bolsillo, solo los movía el coraje y las ganas de superación. El calor alcanzaba los 40 grados centígrados y ella estaba expuesta al sol abrasador de Cúcuta. Su padre no ignoraba lo peligroso que podría ser eso para la bebé y convirtió la maleta que llevaban en una especie de corral. Una toalla, una almohada y cuatro ramas fueron suficientes para logralo.

Era poco el tiempo que la podían tener sobre la maleta, el sol la “noqueaba” y se dormía, por lo que corría el riesgo de caer y golpearse. Es por eso que pasaba más tiempo sobre los brazos de los caminantes.

No tenía pañales y constantemente se orinaba. Esto representaba que debían pararse por un tiempo considerable, mientras le cambiaban toda la ropa. Algo nada positivo si querían llegar al refugio más cercano antes de que el sol cayera.

Luego de recorrer unos 15 kilómetros a pie, un vehículo se detuvo en el hombrillo de la carretera. Les darían un aventón y no dudaron ni un segundo en aceptar la ayuda.

Melanie no ingería más que agua. Sus padres no tenían dinero para comprarle algún alimento apropiado para bebés.

Sin embargo esa no sería la única ayuda que recibirían. Luego de avanzar unos cinco kilómetros en carro, el conductor los bajó y les regaló una patilla (sandía). En ese momento, el hambre y la sed la convirtieron en fruta más rica que habían probado en su vida. Melanie comió hasta saciarse y continuaron.

No obstante, para la niña no mejoraban las cosas. Al llegar al puesto de la Cruz Roja Colombiana en Los Patios presentaba un cuadro diarreico, pero el médico no llegaba sino dos horas después. Las opciones eran quedarse y que se hiciera tarde o seguir caminando. Escogieron la segunda.

Sus pies sumaban kilómetros y Melanie se agotaba cada vez más. Unas dos horas más de caminata faltaron para que otro buen samaritano los moviera otro tramo más en carro.

Entre llorar y dormir

El clima resultaba adverso para los camimantes; el sol no les daba tregua y la vía casi no tenía árboles. Cuando encontraban uno, paraban por minutos y luego continuaban la travesía.

Entre llorar, dormir y tomar agua se le pasaba la tarde a Melanie. Cada paso más era un paso menos y sus padres no pararían hasta llegar al refugio, era una verdadera carrera contra el tiempo.

En el camino los colombianos se mostraban cordiales, conmovidos por la situación. Un pan, una taza de sopa y mandarinas no faltaron durante el recorrido. Eso les daba fuerzas para seguir, pero Melanie seguía sin entender qué pasaba.

Justo antes de que la noche los tomara en la carretera llegaron a un refugio de una organización sin fines de lucro ubicado en el sector La Donjuana. Allí les dieron pañales y colchonetas para descansar, hasta el día siguiente cuando saldrían nuevamente a continuar su camino.

Tras cambiarle los pañales para la bebé, luego de un corto tiempo, se durmió. El cansancio pudo más.

Los padres de Melanie no llevaban teléfonos celulares y se desconoce en qué parte de Colombia se encontrarán a la fecha.

Esta es la historia de una familia venezolana que, por obligación, forma parte de los más de tres millones de compatriotas que han tenido que huir del país en los últimos años, según la Organización de Naciones Unidas (ONU).

Diariamente, cientos de personas llegan a Cúcuta huyendo de la crisis venezolana. Muchas son las historias, igual que los motivos, pero a todos los une un mismo sentimiento: querer regresar a Venezuela cuando la situación mejore.

Fuente: Efecto Cocuyo