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Cerca de 800 personas al día, en promedio, cruzan la frontera entre Venezuela y Brasil. La mayoría se queda en Boa Vista. Desde que se aceleró el proceso migratorio, en 2015, en esa ciudad norteña hay aproximadamente 40.000 venezolanos.

Una frontera verde, solitaria. Con muy poco flujo de carros. Desconocida. Así era, hasta hace tres años, La Línea, entre el sur de Venezuela y el norte Brasil. La crisis económica, política y social en la tierra de Bolívar cambió ese panorama. Ahora es un paso agitado, no tanto como la frontera con Colombia por los lados de Cúcuta, pero igual se resiente por el número de venezolanos que salen a diario desesperados buscando refugio y comida en el país vecino.

La Policía Federal estima que 800 personas se registran al día por el punto migratorio. Llegan, en su mayoría, de Ciudad Bolívar, Anaco, Puerto La Cruz, El Tigre, San Félix, Puerto Ordaz, Maturín, Tucupita, Valencia y Valles del Tuy.

Un promedio de 12 horas de viaje por carretera, principalmente los que salen desde Puerto Ordaz, destinan quienes se embarcan en este trance de la migración.

En el recorrido de 953,3 kilómetros sortean las malas condiciones de las carreteras cundidas de huecos, la falta de gasolina, la escasez de puntos de venta —todo se maneja con efectivo— las requisas de la Guardia Nacional y los peligros que significa exponerse a la violencia que imprime la explotación minera.

Hablar de esto último es referirse al Arco Minero del Orinoco, una zona que, según decreto de Nicolás Maduro de febrero de 2016, está destinada a la explotación de las riquezas minerales en el sur de la región —sin contar la parte apureña.

La necesidad del “saneamiento” de las zonas mineras —que según el parlamentario por la Causa R, Américo de Grazia, se convirtió en una política de Estado— ha propiciado varias masacres. La más sonada ocurrió en 2016, en Tumeremo.

Por todo ello, no es fácil tomar la decisión: ser un venezolano migrante. Cuando tienes el estómago pegado del espinazo, la cosa cambia. No teníamos nada que comer en la casa. Por eso salí de Maturín, contó un hombre de unos 34 años que vendía cigarrillos al detal y minutos a las operadoras locales.

Tenía un morral pequeño y estaba dispuesto a pasar la frontera. Para él no había vuelta atrás. Allá en Maturín no hay nada que hacer, no hay trabajo. Estoy aquí reuniendo algo en efectivo para poder llegar a Boa Vista, contó mientras ofrecía el teléfono para que se hiciera una llamada para Caracas.

Espero que esta entrevista salga en ese portal, el Gobierno cree que esto no pasa, dijo volteando la mirada hacia la cola que crecía frente a la oficina del Saime, ubicada en la frontera. Ya llevaba dos días durmiendo a la intemperie, a 27 grados de temperatura.

¿Refugiado o va de paso?

2199 kilómetros es la extensión territorial de la frontera entre Venezuela y Brasil. Sin embargo, el cruce más seguro es el que se hace desde Santa Elena de Uairén. Son 10 minutos en carro. Aunque ya muchos hacen ese trayecto desde el pueblo a pie, especialmente los que llevan poca carga sobre sus hombros.

La esperanza de muchos renace  cuando ven ondear las dos banderas, la de Venezuela y la de Brasil, sobre el mirador que marca la línea limítrofe imaginaria, paisaje que se ha convertido en el último recuerdo fotográfico del país, que habla de una diáspora sufrida y obligada y que ahora recorre el mundo, así como las imágenes de los abrazos infinitos, las lágrimas y los miles de pasos que dejan huellas en los mosaicos de Cruz Diez, ubicados en el aeropuerto internacional de Maiquetía.

En este punto, la incertidumbre y el miedo por lo desconocido se juntan con las ganas de superar la crisis, una vez logren entrar a la oficina de la Policía Federal para conseguir el sello de entrada.

Hacer ese proceso a través de la policía brasileña es menos tedioso que pasar por el Saime para presentar el pasaporte. Los funcionarios de la oficina criolla llegan pasadas las 8:00 a. m., mientras que los del país vecino inician operaciones a las 7:00 a. m. Por eso, el que va llegando se alista en cola frente a esa dependencia.

Incluso, los que van de paso por Brasil, cuyo destino final es Chile o Argentina, prefieren tramitar el permiso solo presentando la cédula de identidad.   

Tras la declaración de “emergencia social” que hiciera en diciembre de 2017 el gobierno regional de Roraima, estado amazónico brasileño en la frontera, para intentar atender la crisis provocada por el elevado número de inmigrantes venezolanos, solo con presentar la cédula o la partida de nacimiento las personas consiguen pasar legalmente.

De hecho, los funcionarios, ocho en total, no indagan mucho. Más bien reciben con amabilidad y paciencia a los venezolanos, quienes llegan ahí con más tensión, precisamente porque se tienen que enfrentar a otro idioma: el portugués.

¿Refugiado o va de paso?. Esta es la pregunta con la que suelen dar la bienvenida. Dependiendo de la respuesta dan los días de permanencia.

En marzo, el Consejo Nacional de Migraciones de Brasil, que forma parte del Ministerio del Trabajo, aprobó una resolución para conceder a los venezolanos permisos de residencia por dos años.

Y, desde febrero, luego de la visita del presidente de Brasil, Michel Temer, a la ciudad de Boa Vista, se  ha  flexibilizado el trato a los compatriotas acogidos por la ayuda humanitaria.

Según una publicación de Human Rights Watch, de abril 2018, el gobierno brasileño había informado que la cantidad de venezolanos que solicitan asilo aumentó drásticamente, de 54 en 2013 a 2595 en los primeros 11 meses de 2016. Al 31 de diciembre, el Ministerio de Justicia solamente había resuelto 89 de los 4670 casos de venezolanos que habían pedido asilo desde 2012, y lo había concedido en 34 de esos trámites.

 

En 2017, ese número llegó a 17.865 peticiones. Solo en enero de 2018 la Policía Federal brasileña recibió más de 640 intenciones de asilo, según datos recopilados en la prensa brasileña.

A la fecha, más de 52.000 venezolanos han llegado a Brasil desde el año 2015. Cerca de 40.000 están en Boa Vista, la capital del estado de Roraima, una ciudad con 320.000 habitantes.

Los primeros en migrar fueron los indígenas warao. Llegaron al norte de Brasil descalzos, con niños y ancianos en estado de desnutrición, víctimas de enfermedades como sarampión, tuberculosis, difteria e incluso VIH-Sida.

Sin nada de qué quejarse    

Salí de mi país porque no tenía para darle comida a mis hijos, afirmó Odalis Vásquez, quien, con su pequeño Josué en brazos, que sufre de microcefalia, estaba sentada frente a una farmacia ubicada dentro de la estación de servicios Trevol.

Se veía harapienta y desaliñada por el efecto de la mendicidad. Prefiero esto que estar allá sin comida.

Salió de Valencia hace más de un mes. Con ella, tres adultos y tres niños, dos de ellos sus hijos. Allá no hay trabajo, era comerciante, vendía paños para el aseo personal y para la cocina, pero me quedé sin mercancía. Tengo dos casas y aquí estamos alugados por 450 reais [el real es la moneda oficial de Brasil y al cambio paralelo equivalía hace un mes a Bs. 500.000]. Igual no me arrepiento, estamos mejor.

Con tan corto tiempo en Boa Vista, Odalis ya pronuncia algunas palabras en portugués y sabe con cuántos realespuede comprar comida.

Ella, junto con Ivette, su comadre, sale de la casa rentada a las 8:00 a. m. con el propósito de pedir dinero y recoger latas.

Así reúne entre 40 y 50 reales diarios, con los que puede mantenerse en Boa Vista y enviar dinero a sus otros dos hijos, de 14 y 17 años, que se quedaron en Valencia al cuidado de otros parientes.

Pienso traérmelos, ellos tienen el permiso para pasar la frontera. Mientras habla de sus planes, su hija, Francia, saborea con intensidad una bolsa de una chuchería parecida al Pepito. La niña está en edad escolar. Pero no hay cupo para ella ahora, aclara, mientras recibía, de una señora, una bolsita con comida y, de otro señor, unos billetes brasileños. Y con un obrigada, agradeció en portugués.

Su esposo y su hermano también hacen lo mismo, tratan de recolectar un saco de latas, para luego venderlo por 22 reales.

Ha valido la pena, allá no puedo comprar ni un kilo de arroz, comentó.

Odalis, de niña, estuvo pidiendo en la calle. Ahora, a sus 35 años y con cuatro hijos, está de regreso en ellas, en un sitio donde nadie la conoce, donde no tiene más parientes cercanos. Algunos brasileros nos han tendido la mano, nos regalan ollas, nos dan comida. No me quejo.

Ella estuvo en la plaza que ahora llaman Simón Bolívar, ubicada en la avenida Venezuela, donde llegaron a concentrarse más de 1500 venezolanos en carpas, durmiendo sobre cartones y sábanas.

De ahí se llevaron a muchos a los refugios, nosotros no quisimos ir. Es como estar en una cárcel. Preferimos pagar un alquiler. Toman aguardiente y hay peleas, según me contó una conocida. Pero, ahora, no sé si cambió la vida en el refugio.

Después de pensar un poco sobre su situación, aseguró que no tiene de qué quejarse, ni de los médicos ni de la Policía Federal. Algunos locales nos han dicho que nos van a dar veneno, nos llaman ladrones. Nosotros ignoramos esos comentarios, porque aquí tenemos la posibilidad de sobrevivir, en Venezuela no. Aún siento la dicha de ser venezolana y espero regresar cuando la cosa cambie. Pa’lante es pa’llá, atinó a decir con una leve sonrisa.

El pesar rondaba el espíritu de Odalis, pues nadie con dignidad quiere estar en condiciones de mendicidad, exponerse a ser envenenado o a que lo llamen pilantra (ladrón), como ya le sucedió. Sin embargo, el hambre le cambió la partida del juego. Prefiero estar aquí sin casa, pero con comida, que allá con un techo y con hambre.

Operación Acogida

En febrero pasado el gobierno de Brasil se activó, con la ayuda económica de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y de unas 60 organizaciones civiles, y abrió refugios para los venezolanos.

Actualmente hay nueve en Boa Vista y uno en Paracaima, el poblado más cercano a Santa Elena de Uairén, para un total de 4200 venezolanos bajo el programa Operación Acogida.

El teniente coronel Filho Souza, a cargo de dicha operación, explicó que, además, 12 ministerios de Brasil se sumaron al programa que no tiene fecha de caducidad.

Hasta ahora, de acuerdo con el presupuesto anual del Gobierno Federal, se garantizaron 190 millones de reales (unos 48,6 millones de dólares), dinero que se está ejecutando “de manera legal y rápida”, para el acondicionamiento de los albergues, la comida, atención médica y el trámite de los papeles.

Filho Souza mencionó que, incluso, se abrieron procesos de licitación a empresas nacionales, pues se requieren colchones, fumigación, comida, artículos de higiene personal, carpas y espacios más acordes para el resguardo de los refugiados. Se está habilitando una infraestructura que requiere una logística.

En Boa Vista está previsto abrir tres refugios más y uno grande en Paracaima. De hecho, la infraestructura de este último ya se está montando. Son carpas blancas tipo galpón de grandes dimensiones, que funcionarán como un centro de triaje.

El pasado 9 de marzo, Acnur publicó un documento titulado “Nota de orientación sobre el flujo de venezolanos”, con el cual la agencia se compromete a brindar apoyo a los países y así, conjuntamente, “elaborar mecanismos adecuados de protección internacional”, en favor de los migrantes, todo esto en el marco de los acuerdos vigentes.

Por tanto, todo venezolano que cruce la frontera en calidad de refugiado será remitido a este refugio principal, donde se recabará toda la información necesaria relacionada con su condición social, si tiene los papeles de ley, si padece alguna enfermedad, si tiene algún oficio o una profesión, si viaja solo o en familia. Todo ello para determinar su sitio de ubicación y si, de una vez, debe ser trasladado a otra ciudad de Brasil que no sea Boa Vista.

Salen con una mano adelante
y otra atrás

Huyen  del hambre. Esta es, sin duda, una frase extrema. Pero cuando los venezolanos que cruzaron la frontera con Brasil, y que viven en los refugios habilitados por el gobierno de ese país en Boa Vista, hablan con angustia de lo que les motivó a migrar, no dicen que fue por trabajo, por conseguir ropa, por huir de la inseguridad, mucho menos por una cuestión de moda o por ser uno más de la diáspora. Dicen que fue por hambre. Una respuesta que no hace más que confirmar lo que ya estudios locales como la Encuesta sobre Condiciones de Vida en Venezuela (Encovi), realizada por las principales universidades del país, han revelado: que 80 % de los hogares venezolanos presenta inseguridad alimentaria y 89,4 % manifiesta que sus ingresos no les alcanzan para adquirir alimentos.

En Venezuela, 6,2 millones de personas (20 % de la población) no desayuna, según los datos presentados en febrero de 2018, por las universidades Simón Bolívar, Católica Andrés Bello y Central de Venezuela .

Aquí, la pobreza extrema aumentó de 23,6 % a 61,2 % en cuatro años y casi 10 % tan solo entre 2016 y 2017. Lo que desmiente, a su vez, las afirmaciones hechas el pasado 15 de enero de 2018 por el presidente Nicolás Maduro, quien, durante la presentación anual de su Memoria y Cuenta ante la ilegítima  Asamblea Nacional Constituyente (ANC) —así calificada por la Unión Europea— afirmó que la pobreza en Venezuela se ubicó en 18,1 % para el cierre de 2017 y la pobreza extrema en 4,4 %.

Cifras que ratifican, por otro lado, que las consecuencias de la inflación y la escasez hacen estragos en la población, pues 64 % de los venezolanos dijo a la Encovi haber perdido 11 kilos de peso en el último año, lo que significa que seis de cada 10 personas redujeron su talla.

Por eso se ven obligados a cruzar la frontera. No se preparan, no apostillan, no venden propiedades. Muchos renuncian a sus trabajos como obreros en las pocas empresas que quedan en el oriente del país, y emprenden una historia agria, que aumenta más sus penas y su crisis social.

Atraídos por los cuentos

Las calles de Boa Vista, ciudad norteña de Brasil, son las que suenan como más seguras, a pesar de la barrera que impone el idioma portugués. A ellas llegan venezolanos de lugares como San Félix, Maturín, Puerto La Cruz, Ciudad Bolívar e, incluso, de algunas zonas centrales como Valles del Tuy y Valencia.

Atraídos por los cuentos de los que emigraron en 2016 y 2017, hombres y mujeres de todas las edades pasan La Línea, entre Venezuela y Brasil. Según la Policía Federal son un poco más de 800 al día.

Una vez allá se encuentran un panorama distinto: Boa Vista es una ciudad pequeña y con pocas ofertas de empleo, que vive del comercio formal y de la administración pública, cargos a los que solo optan los brasileños.

Obreros, profesores, ingenieros y muchos otros sin calificación laboral minan ahora los refugios (ocho en total) y las esquinas de la capital del estado de Roraima.

Desde que amanece se les ve con un cartel que dice procuro trabalho (busco trabajo). Se lo pegan en el pecho y con él como instrumento publicitario pueden pasar más de 12 horas esperando pegar uma diária, una jornada con la que pueden asegurar 70 u 80 reales.

En un principio sí salían diárias como jardineros, plomeros, obreros. Pero se está poniendo la cosa dura, ya no se consiguen como antes, contó Yarinson Torres, un hombre de 30 años de edad, quien salió de Puerto La Cruz con la esperanza de poder tener un empleo que le diera lo suficiente para alimentar a sus hijos de 10, 8, 6 y 5 años.

Pasa la mitad del día de una esquina a la otra. El sol y el monóxido de carbono le curtieron la piel y la ropa en estos cinco meses que lleva en la región.

Los dos primeros meses consiguió diárias. Ahora está de buhonero, vendiendo un paraguas y un impermeable. Pudo comprar, usada, una máquina para pulir autos, pero no es fácil hacerse de un punto, debido a que decenas de compatriotas se pelean en los semáforos para lavar vidrios por 20 reales.

El propósito de Torres era reunir dinero y regresar a Puerto La Cruz con un buen mercado para sus cuatro hijos.

¿Te arrepientes de haber salido de Venezuela?

—No. Aunque quiero verlos [a sus hijos], me hacen falta, me gustaría traerlos. Ahora, para yo ir, necesito mucha más plata de la que conseguí para venirme. El pasaje de ida, el dinero para la comida y, luego, lo que necesito para regresar. Me vine con 900.000 bolívares y quizá para regresar a mi casa y volver a Boa Vista voy a necesitar, mínimo, tres millones, pues no pretendo quedarme en Puerto La Cruz, allá no puedo ni hacer ‘cositas ricas’ con mi mujer porque me da miedo que salga embarazada.

Muchos de los que están en Boa Vista tienen en mente quedarse dos o tres meses y regresar para ver a sus mujeres e hijos.

Sin embargo, de la expectativa a la realidad hay un buen trecho. Tal es el caso de Luis José Hernández, de 62 años, que tiene cinco meses como migrante, de los cuales dos han sido nulos.

No ha conseguido nada, por ende, no ha podido pagar el alojamiento en el que está y mucho menos ha enviado plata a sus hijos.

Con un bolso tricolor, de esos que entrega el Ministerio de Educación, donde guardaba la poca ropa que logró llevarse, Hernández pasa hasta 12 horas parado en una redoma en espera de algún trabajo.

Derramó un par de lágrimas, que reflejaron el pesar que siente al no poder tener dinero para pagarle el paquete de promoción a su hijo de 12 años, que va para bachillerato. Ni los zapatos los tiene. Me vine con la esperanza de conseguir algo. A mi edad no es fácil migrar, y aquí estoy, aguantando la pela.

Ese mismo bolso tricolor se observa por doquier: en el puesto de migración de Paracaima, en la carretera, en el terminal terrestre Rodoviaria, en las esquinas, en los semáforos.

En todas las calles de Boa Vista se puede ver a  los que han emigrado, los más pobres, que llevan sobre sus hombros el morral tricolor. Incluso lo cargan hasta las venezolanas que se dedican al trabajo sexual. Los que buscan trabajo como porteros, obreros, jardineros, pintores y los que están recogiendo latas en los alrededores de las pocas plazas dispuestas en la ciudad. La mayoría lleva a cuestas el morral de la revolución.

“Son los hijos de Chávez”, dijo una venezolana que tiene ya casi tres años radicada en esa ciudad.

Es la mano de obra más barata la que está migrando estos últimos meses, lo que contrasta con un estudio publicado por la Universidad Federal de Roraima (UFRR), en el que se concluía que la migración venezolana es joven —72 % tiene entre 20 y 39 años— y de alta escolaridad.

Adriana Sifontes, que sí está en el rango de edades, pues tiene 28 años, salió de Anaco, poblado del oriente del país, así, sin nada. Solo llevaba encima la cédula de identidad, sin títulos que la acrediten y contando solo con sus manos y pies para trabajar.

Es la segunda vez que llega a Boa Vista. La primera, este mismo año, estuvo dos meses. Llegó a la plaza que nombraron Simón Bolívar.

Se rebuscó con el trabajo informal y pudo reunir plata para hacerle un buen mercado a sus hijos de 1, 3, 5, 9, 10 y 11 años.

A sus 28 años tiene seis hijos y también un embarazo de dos meses. Hace un mes llegó de nuevo a Boa Vista.Tardó seis días para atravesar a pie la carretera de 220 kilómetros.

La huida de los venezolanos contempla, ahora, ese esfuerzo de hacer cinco o seis días de caminata, de dormir en el monte sobre una sábana o un paño y de aguantar hambre o sed, por el propósito de llegar a Boa Vista.

Por el camino se les ve pidiendo que alguien los lleve o mostrando potes vacíos para que los que viajan en carros se los llenen de agua.

Llegan a La Línea pidiendo colas, como contaron los indígenas warao, y de ahí en adelante lo echan todo a la suerte.

Esa suerte fue a la que se aferró Graciela Hernández. Dejó a su esposo y a sus hijos en Puerto La Cruz, además de su trabajo como manicurista.

Ahora se dedica a pedir trabajo en el punto conocido como “redoma de Guayana”. No hubo la manera de que sacara a mi familia adelante. Últimamente, comíamos casabe. Me vine en carro con unos amigos y ahora me paro aquí, a ver. Vivo en una habitación y allí dormimos seis personas y tenemos un solo baño. Yo duermo en una colchoneta, pero quiero conseguir trabajo para ver si me traigo a mi familia, dijo. Mientras tanto, ese trabajo nunca llega.

¿Qué piensas de Venezuela?

—No me preguntes… me dan ganas de llorar.

Necesidades a granel

Alba González, coordinadora del refugio Fraternidad sin Fronteras, que es un terreno plano donde se organiza a las familias en carpas, dijo que tienen 250 personas adultas y 70 niños, y comentó que detectaron una gran necesidad de atención psicosocial, pues muchos de sus integrantes sufren bajas psicoemocionales, resultado de abandonos intelectuales, emocionales, morales y psicológicos.

Señaló, además, que se enfrentan a una lengua y cultura diferentes, y que no hay garantía alguna, por ser extranjeros, de matricular pronto a los niños venezolanos en las escuelas locales.

Esa dificultad es un lugar común para el que está dentro y fuera de un refugio. No hay cupos en los planteles y los niños pasan el día deambulando con sus padres que buscan empleo.

Aquí hemos tenido días duros. Hay semanas en las que solo reúno 50 reales. Mi esposa está embarazada y tenemos un bebé. Estuvimos tres días en las calles. Llegamos al refugio Fraternidad sin Fronteras y estamos mejor. A mi esposa la ven en el hospital y contamos con las tres comidas diarias, expresó Javier Villarroel.

Él sale todos los días a buscar una diária, es soldador. Sin embargo, lo que consiga es bueno, pues tiene que ayudar a su mamá y a su hermano que quedaron en El Tigre.

Los venezolanos en Boa Vista pagan transporte público: 3,5 reales. Aunque hay cuentos de conductores que no los dejan subir a las unidades: “Los venezolanos no”, dicen.  También se mueven en bicicletas.

Pero esas bicicletas todas son robadas. Aquí muy pocos han podido comprarlas. Necesitas tener el papel de la cartera de trabajo, para que te las vendan, refirió Luis José Hernández, quien, en cinco meses en los que ha pasado hasta 12 horas en la calle, lleva el pulso de cómo se desenvuelven sus compatriotas.

“Pagamos justos por pecadores”, lamentó.

Santa Elena de Uairén: De pueblo minero a vía de escape

Llegar a Santa Elena de Uairén, al sureste del estado Bolívar, es una travesía que, si no fuera por el verdor de los paisajes y por la esperanza de ver un tepuy despejado de neblina, bien podría calificarse como tortuosa.

De Puerto Ordaz, también en el estado Bolívar, hasta Santa Elena, el último poblado antes de cruzar la frontera con Brasil, son 12 o 13 horas, aun teniendo un carro en buenas condiciones.

La vía, una suerte de carretera llena de huecos, donde fácilmente puede hacerse una competencia de funrace, no hace atractivo el recorrido. A ello se suman la inseguridad, la falta de puntos de venta, la escasez de combustible y el hecho de que hay que pasar cerca de 10 puntos de control de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB).

En todo el trayecto solo hay disponibles dos estaciones de gasolina, y no es seguro que en ambas haya combustible.

Por eso, el que puede, llena en Puerto Ordaz hasta 60 litros de gasolina en pimpinas, que sujeta con amarres bien fuertes en el techo del vehículo.

Así es que se logra llegar al último pueblo venezolano del extremo de Bolívar. De otra forma se corre el riesgo de quedar varado en la vía o caer en manos de los bachaqueros, que no bajan el precio del combustible de los 150.000 bolívares el litro, un producto que, oficialmente, vale solo seis bolívares.

Llama la atención que no hay impedimentos por parte de los cuerpos de seguridad para que los conductores trasladen los pipotes llenos de gasolina.

No se consigue y eso aquí es permitido. Y más si no sabes si cuando llegues a la Gran Sabana está abierta la otra bomba que se consigue, contó Juan Carlos Bordón, habitante de Santa Elena de Uairén, y operador turístico.

Las Claritas, el lejano oeste

Uno de los poblados más conocidos en la vía a Santa Elena es Las Claritas. Queda a 231 kilómetros, a tres horas de distancia de Santa Elena.

La gente que vive ahí está movida por el oro. Un gramo podía costar 58 millones de bolívares hace un mes, y, pese a ello, se vende como pan caliente.

Esa es una zona de mineros. La vía principal es de tierra arcillosa, al igual que las laterales. Cuando llueve es un pueblo fangoso, lleno de lodo. Sin embargo, eso no es impedimento para la actividad diaria: el comercio de todo tipo, ya sea de oro, de gasolina, de medicinas, de alimentos, pues, a diferencia del resto del país, en Las Claritas (el famoso Kilómetro 88) no hay escasez de nada.

Se consigue de todo. Las marcas de champú y de desodorante que ya no se ven en Caracas se encuentran en ese sitio sin restricciones. Se venden al triple de su costo, pues el valor comercial de los productos está condicionado por el valor del oro.

En esa zona del sur de Bolívar hay yacimientos auríferos, cuyo valor, según el Ministerio de Petróleo y Minas, se estima en, aproximadamente, 81,4 millones de dólares. Indudablemente, todo un atractivo económico no solo para los de la zona, sino también para zulianos, caraqueños e incluso colombianos.

Las Claritas es un pueblo como los del lejano oeste. Es parte del municipio Sifontes, uno de los 11 del estado Bolívar, pero tiene otra dinámica, impuesta, como lo aseguran moradores que prefieren no ser identificados, por los llamados “sindicatos”, grupos de hombres que aplican la ley a todo aquel que “se come la luz verde”.

Aquí nadie roba nada. Tú puedes ver esas harinas, ese montón de dinero en la puerta del negocio y nadie se atreve a ponerles las manos. Aquí todo se respeta, eso garantiza que haya paz, dijo uno de los habitantes.

Además del oro y la gasolina, también la venta de efectivo es un negocio pujante en la zona.

Antes y después de Las Claritas es visible el auge del Arco Minero. A orilla de carretera se ven las máquinas y las vallas que indican que la extracción va viento en popa.

De la anarquía a lo “normal”

Ya pisando suelo de Santa Elena de Uairén, la visión de anarquía y de violencia disimulada disminuye para dar paso a la imponente Gran Sabana.

Ese trayecto, de un poco menos de dos horas, refresca y cambia el panorama anterior. Hasta el clima baja unos grados y ya se empiezan a ver a los pemones dominando el terreno.

Vale la pena cruzar esa troncal hasta Santa Elena, la capital del municipio Gran Sabana, cuya población no es mayor a los 30.000 habitantes.

También es una comunidad agitada por el comercio. El efectivo se vende a 300 % de su valor, pues la mayoría de las transacciones, más de 80 %, se hace con dinero contante y sonante. Y si la venta se cierra con una transferencia bancaria, a la operación se le suma 40 % de comisión.

Por las calles de Santa Elena el movimiento no se detiene. Los habitantes visten, como en un pueblo costero, bermudas, cholas, franelas camisetas, lycras.

En las tiendas esa es la ropa que se exhibe. Nada suntuoso en cuanto a vestimenta se refiere. Sí destacan en los transeúntes los celulares de más de 10 pulgadas, sortijas y cadenas de oro.

Y, al igual que en Las Claritas, las personas andan con bolsas de billetes, de todas las denominaciones.

En este poblado, que está a 20 minutos de Brasil, se puede hacer comercio incluso con reales, la moneda brasileña.

No hay colas para el pan ni para el papel higiénico. La única fila que se divisa desde la entrada a la ciudad es para la gasolina. Los conductores amanecen esperando las gandolas de Pdvsa.

Las mujeres y las personas de la tercera edad tienen preferencias para llenar sus tanques, así como también los prestadores de servicios turísticos acreditados.

Hay veces que no alcanza para todos y la adquieren “bachaqueada”. De esta forma, en un tanque de menos de 30 litros puede gastarse Bs. 750.000. Y la gente lo paga.

Así como también paga un kilo de harina de trigo en millón y medio de bolívares o de harina precocida de maíz en ocho reales (cada real equivalía hace un mes a Bs. 500.000 en el mercado paralelo).

En esa zona fronteriza convergen en el mercado tres monedas: dólar, bolívar y reales. Incluso, a alguien pueden pagarle 20 reales —que para el momento de la visita que produjo esta nota eran 10 millones de bolívares— por hacer un trabajo de jardinería, en un día.

El comercio sube las santamarías pasadas las 9:00 a. m. Desde 1999 Santa Elena tiene un régimen tributario preferencial o de Puerto Libre. A diario llegan los camiones desde el estado de Roraima, Brasil, para abastecer a toda la parroquia Gran Sabana.

Entonces, ¿por qué Santa Elena no es atractiva para quedarse? Si hay comida a granel, se mueve la economía y, además, están las minas a pocos kilómetros, ¿por qué los venezolanos no se quedan en ese extremo y, más bien, prefieren migrar?

No me quedé en ese lugar por temor. Con mi mujer y mi hijo pequeño me sentí más seguro cruzando la frontera, dijo Henry Concalves, quien permanece en un albergue en Boa Vista.

Hay un episodio que no se borra de la mente de quienes viven en Santa Elena. Se trata del asesinato del hijo de un comerciante libanés, ocurrido el 6 de septiembre de 2016. La forma en que los delincuentes entraron a la casa de la víctima y le cayeron a tiros a la familia permanece en el imaginario de los lugareños.

Aquí esto es muy seguro, pero desde que ocurrió eso la gente tiene miedo, relató Juan Carlos Bordón.

La luz en Santa Elena se va muchas veces al mes. Calles completamente oscuras y comercios cerrados destronan la aparente “normalidad”.

En el día, mucha gente se ve sentada en las esquinas, en las paradas y en la céntrica plaza Bolívar, cuya estatua del Libertador se mantiene firme, pero sin la espada, de la que solo quedó el mango. La gente no sabe si se le cayó o se la robaron.

Santa Elena de Uairén, a 1380 kilómetros de distancia de Caracas, hoy en día no es un punto distante en el mapa de Venezuela. Ahora tiene forma, tiene un concepto; se convirtió en el último pedazo de tierra que llevan en mente los miles de venezolanos que salen hacia Brasil, buscando mejores condiciones de vida. Un pueblo minero que se ha convertido en una vía de escape.

Fuente: Mabel Sarmiento / Crónica Uno