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En el año 2020 se cumplen 10 años desde que la Asamblea General de la ONU a través de la Resolución 64/292 reconoció el agua y el saneamiento como un derecho humano. Un poco tarde en nuestra opinión personal, pero sin duda, muy necesario.

El agua es la fuente de la vida sin lugar a dudas, tan importante es para nosotros, que en promedio podemos sobrevivir entre 3 y 5 días sin ingerirla, a diferencia de la comida (que es esencial también) pero que nos permite resistir al menos 45 días sin ella, las cuentas se las dejamos a ustedes.

La razón de esta explicación es obvia, dependemos del agua para vivir, por lo que, reconocerla como un derecho humano es lo mínimo que se debería hacer. Sin embargo, esto no es todo, el derecho al agua requiere cumplir de cinco características estipuladas por el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (Comité DESC) de Naciones Unidas, quien en su Observación General N° 15 sobre el derecho al agua, estableció que la misma debe ser: suficiente, salubre, aceptable, accesible y asequible, tanto para el uso personal como doméstico.

Sobre estas descripciones, nos debemos detener en la palabra salubre, la RAE la define como “saludable o bueno para la salud”, pero, ¿no sería redundante decir que el agua debe ser salubre? ¿No acabamos de decir que el agua es indispensable para la vida? Pareciera que el agua es sinónimo de salubre. Y en cierta forma esta afirmación es cierta, sin embargo, para que el agua verdaderamente cumpla esta función, no puede ser cualquier tipo de agua, en definitiva: ¡no puede estar contaminada!

El agua contaminada causa entre otras cosas: enfermedades diarreicas (disentería), cólera, esquistosomiasis, hepatitis A, poliomielitis y fiebre tifoidea. No solo por beberla, sino por utilizarla para la higiene personal, como podemos observar, está directamente vinculada con nuestra salud.

Si les parece que estamos siendo alarmistas, les comentamos que de acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), 844 millones de personas carecen de un servicio básico de suministro de agua potable, causando que 240 millones de personas se vean afectadas por esquistosomiasis, una enfermedad crónica y muy grave que produce más discapacidad que muertes.

Y si aún no los hemos convencido con estas cifras, les comentamos que anualmente fallecen 842.000 personas de diarrea, la cual, es perfectamente prevenible con la buena higiene y el uso e ingesta de agua potable. De estas 842 mil personas, 361.000 son niños y niñas menores de 5 años, es decir 4 de cada 10 personas son infantes. El principal motivo, ya lo saben, la ausencia de agua potable.

Con estas cifras creemos haber demostrado lo imperativo del derecho al agua para el derecho a la salud, y eso que no nos hemos detenido a ver su conexión con otros derechos humanos como la educación, la vivienda, la vida y el trabajo. Sin embargo, nuestro objetivo con estas líneas es alertar a usted, el lector, de la necesidad de tomar conciencia sobre un bien natural limitado, aprender a cuidar de nuestros recursos, así como hacerse vocero de la lucha por este derecho.

Lo que algunos a veces damos por sentado, otros lo piden con desesperación, y no sólo la disponibilidad sino la importancia de la salubridad de este vital líquido, cuya condición insalubre cobra miles de víctimas al año.

La próxima vez que usted utilice agua, que sea con consciencia, replique esta información y exija a sus autoridades la salubridad del agua, es responsabilidad del Estado cumplir con sus obligaciones en materia de derechos humanos, pero es la nuestra exigir y alzar la voz cuando no están respondiendo.

Opinión: Natasha Saturno Siñovsky